La casona Van der Voet

El alarido fracturó el silencio de la madrugada como el primer relámpago de la tormenta divide en dos el negro del cielo. Me desperté sobresaltado creyendo que había tenido una pesadilla pero no era capaz de recordar ninguna imagen del sueño. Ni estaba sudando como en otras ocasiones. Ni notaba el pulso acelerado. Intuición y sensaciones me indicaban que el grito había venido del exterior. De algún lugar de la casa donde alguien, en forma onírica o real, tenía problemas. Permanecí unos segundos sentado en la cama. Recostado en el cabecero. Frío y tembloroso por el sobresalto y sin el convencimiento claro de querer investigar más. Diría que el ruido procedía de las habitaciones de servicio. Que yo supiera, la única que dormía esa noche allí era Daphne.

Hacía un par de meses que me había trasladado a la antigua casona de los abuelos. Andaba inmerso en un proyecto minucioso y me retiré allí buscando concentración. Mis padres se habían mudado hacía poco más de dos años. Estaban cansados de gobernar una casa tan grande pero sobre todo de vivir aislados en el campo. Mi madre decía que los hacía sentirse cada vez más solos. Anclados en el pasado y desvinculados del ritmo y el fluir de la vida que ocurría brillante al otro lado del río, en Maastricht. Habían encontrado un piso pequeño, perfecto para ellos dos. La casona pasó a ser la residencia de verano. La casa había pertenecido a la familia de mamá, los Van der Voet, por más de dos siglos. Venderla no entraba en sus planes. Durante el mes de agosto era el punto de encuentro para la familia. Todos acudíamos según podíamos. Durante ese mes reverdecía la vida. El resto del tiempo era triste.

Ese verano fui con la intención de no abandonarla por un tiempo para poder avanzar con mi trabajo. No estaría solo. Manfred y Daphne la mantenían y vivían allí prácticamente todo el año. Manfred ha estado con nosotros toda la vida. Desde que tengo memoria recuerdo sus ojos azules, pequeños y jocosos. Su cuerpo alto y desgarbado, inclinado siempre hacia delante como queriendo llegar antes a todos los sitios. Y aquellos brazos larguísimos, hospitalarios. Daphne acababa de llegar. Me intrigaba y me atraía a partes iguales. Era una mujer hermosa. De voz templada. Negros rizos delicados y tez clara. Gesto huidizo y ojos misteriosos que parecían querer ocultar un pasado incómodo. Su presencia hablaba de una fuerza y elegancia singulares. Abocadas al silencio. En un autoimpuesto estado de latencia. Como un ciervo que ha sido herido y se repliega en el bosque, parecía querer esconderse. Tenía la sensación de que se había recluido en aquella casona en medio de los bosques huyendo de viejos fantasmas. Al escuchar aquel grito pensé receloso si acaso no habrían aparecido.

Daphne murió solo seis meses después de aquel extraño suceso. Un par de semanas más tarde, tras sufrir unas fiebres terribles, le diagnosticaron un problema pulmonar. La enfermedad le fue robando el aire y se apagó poco a poco hasta que dejó de respirar. No puedo explicar cómo, pero sé que en la oscuridad de aquella noche del 23 de septiembre de 1996 alguien o algo se propuso matarla.

Sabedor de que no podría conciliar el sueño en aquel estado decidí bajar a comprobar qué había pasado. ¿Y si Daphne necesitaba de mi ayuda y yo me estaba dejando llevar por terrores infantiles? Sentí el contacto con el frío de las baldosas al plantar los pies descalzos en el suelo. Me estremecí. Soy un espíritu temeroso y el rigor de la noche me atenazaba. Todo parece más grande en las sombras. Las sensaciones me transportaron a los años de mi niñez. Cuando cualquier ruido me paralizaba y me batía en duelo conmigo mismo para decidir si salir corriendo a la habitación de mis padres o resguardarme debajo de las mantas donde no estaba tan seguro pero cabía la posibilidad de que el peligro me obviara sin tener que exponerme.

Salí de mi cuarto a la penumbra del corredor. Me cuesta decidir qué me aterra más si la oscuridad o la luz. La luz revela la amenaza. La sombra la sugiere. Entre las sombras aún puedes mantener algo de esperanza. Cuando comprendí que era incapaz de llegar a su habitación a tientas, encendí tembloroso la luz del pasillo. No reconocí nada que no estuviera en su lugar. Aunque cuando el miedo lidera el pensamiento cualquier rincón te parece el escondite perfecto para lanzar la emboscada. Caminé, más bien corrí, por el pasillo. Sugestionado con la idea de que en cualquier momento algo impactara alguno de mis sentidos y quedara petrificado. Cuando no sabes lo que esperar, si no conoces la forma que puede adquirir tu amenaza, el miedo lo abarca todo.

La casa estaba en completo silencio. La puerta de Daphne estaba cerrada. Cabía la posibilidad de que el grito no hubiese sido suyo y que la encontrara plácidamente dormida. No había contemplado esa posibilidad. No quería asustarla. Toqué con los nudillos con cuidado y me asustó mi propio ruido rompiendo el sosiego. No hubo respuesta. Volví a insistir un par de veces más. Nadie contestó. Giré el pomo y abrí la puerta de la habitación con tanto pavor como cuidado. El interior del cuarto estaba completamente a oscuras. Tardé unos segundos en adaptar la visión. En cuanto mis ojos fueron capaces de distinguir las formas los dirigí a la cama. Estaba vacía y perfectamente hecha. Tuve la sensación de que Daphne estudiaba mis movimientos lentos y comedidos desde un rincón de la habitación. Y que en cualquier momento saldría a mi encuentro desde las sombras donde me aguardaba. Como si hubiese estado esperándome durante mucho tiempo y ese grito hubiese sido su reclamo. El canto de berrea para que fuera a visitarla a su guarida. Allí me contaría su secreto. Allí me desvelaría la razón del pesar que manchaba su mirada. Aquel del que yo deseaba salvarla. El rumor del viento silbó por la ventana y me devolvió a la realidad. Observé que sobre la almohada había un pequeño objeto. Era un alfiler de orfebrería con cabeza de animal. Parecía un lobo. Me acerqué para analizarlo de cerca. No lo había visto nunca. Alargué la mano para cogerlo y como si hubiese abierto la caja de Pandora, el aire reaccionó al instante trayéndome en su zumbido una voz de mujer. No sé de dónde vino, pero no tuve dudas de que esas palabras eran para mí. Aún resuenan en mi memoria y me estremezco: <Tuve que hacerlo, quería robarlo>. Solté el broche y corrí despavorido de vuelta a mi habitación. Me escondí debajo de las sábanas como un animalillo indefenso. Tiritando.

Mal dormí lo que quedaba de aquella noche terrible. Las palabras iban y venían como un conjuro en mi cabeza. Se mezclaban en sueños con la imagen de Daphne que emergía de la sombras de su cuarto como una diosa etérea. Tendiéndome la mano y pronunciándolas. <Tuve que hacerlo, quería robarlo>. Los primeros rayos de la mañana me alcanzaron en un estado de duermevela del que desperté con un terrible dolor de cabeza. Como después de una noche de juerga y alcohol. Apenas podía abrir los ojos. Son tan diferentes las sensaciones al amanecer de un día soleado…

Tuve la impresión de haberlo soñado todo. Aún más, cuando decidí salir de la habitación y bajé a la cocina en busca de un café que repusiera mi ánimo. Necesitaba energía para enfrentarme a lo que viniera. Allí encontré a Daphne preparándolo. Me quedé en el umbral de la puerta, sin atreverme a pasar. Contemplándola como si fuera en ese momento y no en otro cuando realmente había visto un fantasma. No puede ser. No entiendo qué está pasando.

— ¡Buenos días, Joos! ¡Qué temprano te levantas hoy! No tienes muy buena cara ¿Qué tal has dormido? Estoy preparando café. Hoy lo tomas recién hecho. ¿Qué quieres para desayunar?

Me demoré un poco en responder. Mi cerebro trabajaba a velocidades de vértigo tratando de armar el puzzle. Tal vez había dormido fuera y había llegado muy temprano en la mañana. Pero entonces ¿de dónde vino el grito? ¿Había sido todo producto de mi imaginación? ¿Cómo no se me ocurrió dejar alguna prueba que me asegurara que lo había vivido? Le pedí unos huevos revueltos y me deslicé como un gato con la excusa de ir al baño. Corrí a su habitación. La puerta estaba abierta. La cama revuelta, las sábanas levantadas para airearse. Las cortinas corridas mostraban el ocre del otoño incipiente. El frescor de la mañana impregnaba la habitación. Ni rastro del alfiler. No parecía el mismo lugar donde experimenté el horror la noche anterior. Volví a la cocina con la intención de preguntarle si había dormido allí y si había escuchado aquel grito. Porque fue un grito, ¿no? Tal vez fue algún golpe. Tal vez algo cayó en algún rincón. Cuando regresé Manfred había llegado con una canasta de membrillos recién cortados. El olor y su saludo me disuadieron.

— ¡Hombre, Joos! ¡Qué mala cara tienes! ¡Ni que hubieras visto un fantasma! Jajajaja ¡Venga! Siéntate a desayunar con nosotros. Esta Daphne qué buena mano tiene. ¡Estos huevos revueltos huelen que alimentan! Hoy tenemos una mañana laboriosa. Tengo que revisar las facturas. Si quieres que te ayude con esa maqueta tuya más nos vale darnos prisa.

Desayunamos y la conversación deambuló entre el buen humor y la broma. No me pareció apropiado estropear el momento y no le pregunté nada. Tal vez era verdad. Tal vez todo había ocurrido en mi cabeza. Mi madre siempre me ha dicho que poseo una imaginación portentosa. El desayuno abundante y el café recién hecho me ayudaron a reponerme. Manfred estuvo echándome una mano con una maqueta para un puente colgante mientras Daphne arreglaba fuera el jardín. A través de los cristales del despacho la observaba moverse entre los arbustos como si nada. Podaba los rosales, arreglaba las hortensias, recogía la hojarasca. Una idea rondaba una y otra vez mí cabeza: <Qué misterio encierras>. Qué era aquél alfiler. Seguí impresionado pero me convencí de que tal vez no había sido nada. El día transcurrió en una plácida calma.

Un tiempo después Daphne empezó a encontrarse mal. Le costaba respirar y había perdido energía. La obligamos a descansar una temporada y a visitar un médico en Maastricht. Le diagnosticaron un cáncer de pulmón. Nunca volvió a trabajar en la casona.

Aquello me dejó muy afligido. Creo que me hubiese dejado llevar por el desánimo de no haber sido por la compañía que nos brindó Laurie esos meses. Cuando se cierra una puerta la vida siempre te abre una ventana. Laurie, la hija de Manfred, venía de vez en cuando a echarnos una mano. Las faenas de la casa se habían disparado desde que éramos solo los dos haciéndoles frente y el invierno estaba siendo riguroso. No dábamos abasto. Laurie acababa de terminar una beca en la universidad de Cambridge. Era psicóloga y le habían concedido una plaza para realizar su tesis en psicología conductal. Acaba de terminarla. Era muy inteligente y tenía un humor perspicaz y alegre. En eso había salido a su padre. Había heredado la viveza de sus ojos. Algunos días, si nada la retenía en Maastricht se quedaba a pasar la velada con nosotros y los tres jugábamos partidas de cartas, veíamos películas, charlábamos animados. La risa, aquellas tardes, fue nuestro estado inherente. Y supongo que la alegría es el caldo de cultivo perfecto para el amor. Fluyó con la naturalidad con la que cambian las estaciones o suben y bajas las mareas. Ante la sorpresa de todos, de todos menos de Manfred, nos enamoramos. Terminé mi proyecto y en primavera nos mudamos a Maastricht.

Nos casamos un par de años después. Tuvimos dos hijos preciosos Ernst y Jette. Ernst ha salido a su abuelo y a su madre. Tiene el mismo tipo dicharachero y desgarbado que ellos dos. Jette siempre se ha parecido más a mí. Más metódica y reservada. Poco a poco el recuerdo de aquel oscuro otoño se fue difuminando. Vivíamos una vida tranquila en Maastricht y volvíamos a la casona los meses de verano. Allí los niños corrían y se divertían con el resto de primos. En una familia grande como la nuestra lo más fácil era dejarlos libres corretear por la pradera.

Un día de septiembre, celebrábamos el duodécimo cumpleaños de Jette. Habíamos preparado una fiesta en el jardín. Vinieron todos sus primos y algunas amigas del colegio. Jette estaba exultante de alegría. Terminamos la comida con una tarta riquísima y después del postre todos los niños corrieron a jugar al campo. Desde el porche teníamos visión directa y nosotros podíamos relajarnos. De repente, de entre los árboles, por donde los chicos estaban jugando, vimos aparecer un ciervo. Se acercó tímido al principio, después más confiado. Los niños pletóricos hicieron un corro en torno a él. Todos querían tocarlo y gritaban emocionados. Observé que Jette se había mantenido un tanto apartada. Como vigilante. Mientras todos rodeaban al animal que empezaba a sentirse mareado ella no quiso participar de la fiesta. Súbitamente, guiada por algún extraño estímulo, corrió hacia donde estaban todos y se lazó sobre el animal. El ciervo empezó a ponerse nervioso y envistió a Jette. Cuando Laurie y yo comprendimos el peligro, saltamos de nuestros asientos y corrimos desalmados. Juro que recorrer los cien metros que nos separaban de ella ha sido el camino más adusto de mi vida. Corría a todo lo que me daban las piernas mientras oía los gritos de pánico de los niños confundirse con los del ciervo. Con los ojos clavados en la escena solo lograba ver los rizos dorados de Jette despeinarse erráticos mientras sus manos se agarraban con fuerza al cuello del animal. El color granate de la sangre se extendía cada vez más por su vestido claro como si fuera el delantal de un matarife. Era la vida vapuleando a mi pequeña niña. Y yo no podía hacer nada más que correr. Preso de una terrible angustia supe sin atisbo de duda que si le pasaba algo, nunca podría perdonármelo.

Unos veinte metros antes de llegar, Jette se zafó del ciervo que salió espantado hacia el bosque. Cuando llegamos su madre y yo Jette estaba temblando. Tenía los brazos magullados. La cara cubierta por sus rizos impregnados de sangre y sudor. Laurie lloraba y la abrazaba a la vez que recorría su cuerpo con las manos tratando de localizar las heridas. Entonces reconocí lo que Jette tenía en las manos. Era un objeto punzante. Un pequeño alfiler dorado que terminaba en la cabeza de un lobo. El miedo se clavó en mi pecho como un puñal. Laurie terminó de comprobar que a parte de los rasguños, Jette no tenía nada grave. Con la voz temblorosa por la ansiedad y los nervios le pregunté:

— Jette, ¿De dónde has sacado ese alfiler?

— Me lo ha regalado la abuela por mi cumpleaños. Me ha dicho que siempre ha pertenecido a nuestra familia. Y que solo una van der Voet debe llevarlo.

— Jette, ¿Qué has hecho con él? ¿Le has hecho daño al ciervo?

Jette, que en ese instante miraba a su madre que le limpiaba la cara, se giró. Parpadeó lentamente y como si no hubiera lugar para la duda y su reacción hubiese sido la única aceptable, me respondió:

— Tuve que hacerlo, papá. Quería robarlo.

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