Wonderwall

La verdad es que me encanta escuchártelo decir. A veces me pregunto si no soy yo quien provoca la situación para que ocurra: ‘¡Esta es mi chica! Anda ven aquí, que te dé un abrazo. ¿En serio, ha pasado otra vez?’ Normalmente la frase llega en un momento en el que se supone yo debería andar refregando la moquita en tu chaqueta ajena a la pulcritud de tu hombrera, mientras tú aminoras mis sollozos a base tironcitos de los abuelillos de mi pelo. Con esas manos tuyas de amigo terapeuta. Hayan llegado cargadas con una botella de vino con la etiqueta de venganza impresa en ella o por la urgencia, vacías, pero con las palmas abiertas apuntando al cielo, cuestionándose cómo es posible que está chica lo haga siempre tan rematadamente mal. Porque a mí no piensas hacerme nunca ningún reproche. Eso lo sabemos desde ya.

Pero en lugar de esta escenita de peli americana, logro, contándote la historia con una pizquita de ironía (más bien el desenlace), recomponerme y arrancarte una carcajada y un suspiro de alivio por fin: ‘Lo importante es que no pierdes el humor.’ Mientras yo, satisfecha, me apunto otra victoria. Fíjate tú las cosas a las que me gusta a mí ganar. Ganó otra vez la tía fuerte que camina de vuelta de todo, que puede con todo, que le sobra corazón y no pasa nada porque otra vez se lo hicieran añicos. Que de eso siempre va teniendo repuesto. Y de sonrisas. Y de sonoras carcajadas. Stock completo. Porque aprendió a fuerza de repeticiones, que si las hacía sonar histriónicas camuflaba el sonido a cascado mejor que cualquier retahíla de palabras. Mejor que cualquier silencio. Y, si aún con eso, el engaño todavía no termina de convencer y percibe suspicacias en los ojos de quien la escucha, el trilero cambia la bolita de cubo y ofrece consejos. Que interesándose por la vida de otros, preguntándoles primero si está bueno su café, o cómo les trata la vida, a nadie le interesa meterse en tu casa a enredar. Me las sé todas, amigo.

Y así me paso la tarde, tratando de cambiarte mi diván por tu sillón. Porque sigo empeñada, cómo puedo ser tan cínica, en que en este binomio nuestro la psicóloga soy yo. Y ahí te tengo en mis manos, como un perro cariñoso y dócil, abusando de tus mimos pero sin dejarte que relamas ni siquiera un trocito de mis penas. Y en vez de hablar claro y darte las gracias por recoger los despojos, porque nada me reconforta más que saber que te tengo cerca, porque eres el punto de apoyo sin el que no podría mover este mundo que se me cae encima todo el tiempo, te convenzo de que te largues a casa, que tu chica estará nerviosa perdida porque no entiende, ni ganas tiene, esta amistad. Que digo yo que con un poquito que hiciera por conocerme se le iban de un plumazo todas las inseguridades. Y yo me voy contenta a la cama una vez más. Porque te quedas tranquilo, porque te he hecho creer que no necesito nada, porque conseguí que acabáramos hablando de tu máster,  y de qué vas a hacer en vacaciones. De cómo van las cosas por casa, si seguís intentando lo de los niños, y de si una vez por todas vas a trabajar un poco menos y vivir un poco más.

Hasta la próxima, querido. No preveo a corto plazo cambios de base en la medrosa forma que tengo de gestionar mis desventuras. Al menos contaré con tus abrazos. Ten por seguro que, aún con todo este teatro, los volveré a necesitar.

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